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¡Larga vida al Rei!

Tal día como hoy hace 75 años, en una humilde casita de la ciudad de Três Corações, un joven de 23 años lloraba embelesado: su esposa, Celeste, acababa de darle el hijo que tanto anhelaba.

 

Pese a que él no ganaba ni para cacahuetes con su trabajo de delantero de fútbol semiprofesional, Dondinho vaticinó con lágrimas de orgullo en el rostro: “¡Va a ser un gran futbolista!”. Y fueron precisamente las lágrimas y los cacahuetes los que forjaron el camino de Pelé para cumplir la profecía del padre.

 

Lágrimas

Todo empezó un día de 1950, que amaneció con la promesa de convertirse en una jornada gloriosa para los brasileños; un día en el que sólo necesitaban un punto contra Uruguay para alzar el trofeo de la Copa Mundial de la FIFA en el Maracaná. Pelé, que contaba nueve años, salió de casa (para entonces la familia se había mudado a Bauru) cuando la Seleção iba ganando por 1-0 y un embelesado Dondinho, rodeado de su pandilla de amigos, seguía el partido por la radio. A su regreso, el chaval se enteró de que Brasil acababa de sufrir un mazazo descomunal.

 

“Fue la primera vez que vi a llorar a mi padre. Durante la infancia, me habían inculcado que los hombres no lloran, pero él lloraba sin consuelo. Entonces le prometí: ‘Un día ganaré el Mundial para ti’”, recuerda Pelé.

 

Hasta ese momento, él, que soñaba con ser piloto, se empeñó en tocar el cielo como futbolista. Pero comprendió que dedicarse a dar patadas al balón sin ton ni son no era precisamente la mejor plataforma para el lanzamiento de una carrera deportiva, y sin más dilación montó una reunión con sus colegas para crear un equipo oficial de fútbol de once jugadores.

 

Cacahuetes

Aquellos chavales pobres tuvieron que superar un obstáculo considerable: aunque el calzado no era imprescindible para enfrentarse a otros equipos, sin uniforme no había competición posible. Tras un par de intentos fallidos por recaudar dinero para camisetas y calzones, alguien sugirió la idea de robar cacahuetes de los vagones de reparto y venderlos a la puerta del cine o del circo.

 

Pelé accedió a regañadientes a seguir adelante con la chiquillada y, para su sorpresa, recibió junto con otro compañero (un físico atlético también tiene sus desventajas) el encargo de encaramarse a los vagones para dar el golpe.

 

El plan funcionó a las mil maravillas y, gracias a sus actuaciones con el Ameriquinha, Pelé recibió una invitación para entrar en los juveniles del Bauru Athletic Club. No se lo pensó dos veces, sobre todo cuando supo que Waldemar de Brito, uno de los representantes de Brasil en Italia 1934, iba a entrenar el equipo. Poco tardó el ex internación en enviar al Santos al joven aspirante.

 

Leyenda

El resto es historia. Pelé debutó en el primer equipo del Santos a los 15 años y espoleó al club hasta la cifra astronómica de 25 grandes títulos en poco más de 18 años, contribuyó a la victoria de Brasil en tres Copas Mundiales de la FIFA y abandonó su retiro del fútbol profesional para aupar al Cosmos de Nueva York a la gloria en la NASL.

 

Pero Pelé no sólo fascinaba a los seguidores de los equipos a los que cubrió de gloria. Cuando empezó la final entre la Seleção y el país anfitrión de la Copa Mundial de la FIFA 1958, los abucheos se sucedían en las gradas a cada toque de los brasileños. Sin embargo, la afición sueca se pasó toda la segunda parte aplaudiendo a rabiar cada movimiento del rival.

 

“Era imposible contenerse ante las genialidades de Pelé”, admitió nada más y nada menos que Gustavo Adolfo VI, rey de Suecia, tras el encuentro.

 

A partir de entonces, el público rival siguió levantándose de sus asientos para ovacionar a Pelé. En una ocasión, en 1961, la afición del Fluminense obligó a detener el partido durante dos minutos para aplaudir la desbocada carrera hacia la meta en la que Pelé dejó sentados a seis contrarios, una jugada que remató con uno de los muchos goles maravillosos que conforman su colección de 1.281 tantos. Al año siguiente, los incondicionales del Benfica dejaron de lado la humillación sufrida en la final de la Copa Intercontinental para rendir tributo a su principal verdugo: durante aquella victoria por 5-2 arrancada en Lisboa, O Rei había marcado tres goles en una exhibición que posteriormente describió como su “mejor recital”.

 

Cuando Pelé fue expulsado durante un choque entre el Santos y el Millonarios en 1968, los espectadores invadieron el terreno de juego, exigiendo que el jugador se reincorporara al partido. Así fue, ¡y el árbitro acabó recibiendo la tarjeta roja! Pero además, y esto es lo más increíble, la afición sublevada no era la santista, sino los colombianos, totalmente fuera de sí porque la decisión del árbitro les impedía disfrutar por más tiempo del genio indescriptible del brasileño.

 

No fue la única batalla que Pelé interrumpió súbitamente. A principios de 1969, en la guerra civil nigeriana se declaró un alto el fuego de 48 horas sólo para que los combatientes pudieran verlo jugar en un amistoso celebrado en Lagos.

 

La magia de O Rei era inexplicable. Costa Pereira, guardameta del Benfica en la Copa Intercontinental de 1962, dijo en cierta ocasión: “Llegué con la esperanza de parar a un gran hombre, pero salí convencido de que acababa de derrotarme un ser que no había nacido en el mismo planeta que nosotros”.

 

Hoy hace 75 años que nació ese hombre, que además de la Orden al Mérito de la FIFA recibió en 2014 el FIFA Ballon d’Or de Honor. El brasileño universal que ha derribado las barreras raciales, ha fomentado la paz, ha fundado numerosas organizaciones benéficas y sirve a la FIFA como embajador del Fair Play.

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